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Alejandro Basáñez Loyola, caminante de la historia y la ficción

A Alejandro Basáñez Loyola le gusta jugar tenis con sus amigos del Cuarto Centenario, a los que llama de cariño “los INEGIS”; salir a correr, conversar, pasar tiempo con su familia, divertirse. Sobre todo, le gusta documentarse, leer, escribir, encerrarse a investigar o desenredar los problemas técnicos de sus novelas entre las peñas del Cerro del Muerto.

Desde hace diez años no ha parado de publicar. A la fecha, nueve libros han salido a la venta: México en llamas (2012), Tiaztlán, el fin del Imperio azteca (2013), México desgarrado (2014), México cristero (2015), Ayatli, la rebelión chichimeca (2015), Santa Anna y el México perdido (2016) con Ediciones B; Juárez ante la Iglesia y el Imperio (2017), Kuntur el Inca (2020) Vientos de libertad (2021) con Lectorum.

Dos más esperan su publicación: El Águila Trigarante, segunda parte de Vientos de Libertad, una sagasobre la Independencia de México, así como México alienígena, en el que aborda el fenómeno OVNI y su presencia en el país a lo largo de la historia.

“Yo no puedo dejar de escribir. No sé si algún día se publicarán todos mis manuscritos, pero mientras la imaginación siga dándome material, no dejaré de hacerlo. Ese es mi hobby. Escojo un tema que me apasiona, inicio una novela, pasa el tiempo, la termino, la archivo y simplemente comienzo otra”, comparte para Líder Empresarial.

A lo largo también de esos diez años, ha publicado en este medio columnas mensuales que cubren sus intereses y que podrían ya ser un libro entero: la historia de México, de civilizaciones prehispánicas, hechos íntimos de la región y de Aguascalientes, donde vive definitivamente desde 2019.

El camino “inverso”, de la capital a Aguascalientes

Nacido en la Ciudad de México en 1965, ha pasado la mayor parte de su vida en ese ente descomunal que nunca cesa de extenderse. Allá se dedicó sobre todo a las ventas: en American Express; en McGraw Hill, como promotor de libros en universidades; como gerente nacional de ventas, entre 1994 y 2001, en TIP, una empresa de General Electric “donde rentaba cajas de trailer, cajas refrigeradas, plataformas y cajas secas, las dry van”, comenta.

Luego pasó a trabajar en Smurfit Cartón y Papel donde“me dediqué a vender cartón plegadizo para empresas. Hacía las cajitas de los Bonice, de carne para Bachoco”, dice. Por las ventas en empresas multinacionales, recorrió gran parte del país; aprovechaba los momentos libres en los cafés o en los trayectos para ir bosquejando proyectos; guardaba los paisajes y las historias en su acervo, pero el ritmo del trabajo y de la ciudad lo alejaban a momentos de la literatura.

“En la Ciudad de México te lo juro que a veces pasaba dos horas para llegar a un lugar o una cita. Me acuerdo que yo iba a ver a Panasonic. Salía de Naucalpan y Panasonic está en la caseta de cobro que va para Puebla, la primera, la de cuota. Dos horas hacía para llegar ahí y dos horas de regreso. Imagínate, cuatro horas para ir a ver un cliente. Era impresionante.Y luego cuando llueve, olvídalo, te da miedo”, recuerda.

Por motivos familiares, desde los años noventa, visitaba mucho Aguascalientes. Encantado con la entidad decidió que quería vivir ahí en algún momento: despedirse del ajetreo, el tráfico y los interminables traslados.

Pero la ciencia ficción vino primero

Cuando su ritmo de vida cambió, buscó una editorial para su primer libro, que curiosamente no era histórico, sino de ciencia ficción: La tierra perdida.

Aún sin publicar, cuenta la historia de una tripulación que busca colonizar Marte. En el trayecto, estalla la guerra nuclear y la Tierra se vuelve prácticamente inhabitable. Pasan las décadas y aquel grupo viajero se asienta en el planeta rojo, para descubrir que también en el Valles Marineris puede existir otra vida distinta. La novela hace ver que, por lógica, los humanos son, en Marte, los extraterrestres.

Al presentar esa historia a Ediciones B, no encontró respuesta. Sin embargo, propuso otro proyecto, unido a otra de sus pasiones: la novela histórica. Ese libro sería México en llamas, en el que esa heterogénea unión de seres humanos, Carranza, Villa, Zapata y Madero, convive con aventureros ficticios. Ese sería el inicio de una saga de tres libros en que abordó la Revolución Mexicana.

Alejado de las visiones monolíticas de la historia, Alejandro Basáñez busca encontrar las historias en minúsculas y en plural. El marco histórico documentado es el escenario de la ficción. Una en la que, por cierto, también puede caber lo paranormal:

“En las novelas, aunque son históricas, meto algunas cosas medio fantásticas, sobre todo en temas de lo prehispánico, lo de los nahuales, los aztecas. Trato de meter algo de misterio, algo esotérico. Porque eso existe, ¿no? Para darle otro sabor a la novela”, comparte.

Sus libros y artículos abarcan lugares como Teotihuacán o Chichen Itzá, civilizaciones como la maya o la azteca, personajes cuasi míticos como Villa o Zapata, o figuras regionales como el padre Calvillo o los Chávez en Aguascalientes.

“Investigo mucho para que lo que yo escriba ahí sea certero. Tengo buenas fuentes y no quiero que alguien me diga después que no es cierto, que lo inventé”, menciona.

Caminante por el Bajío

Leila Guerriero ha hablado de cómo el correr le permite estructurar sus textos. También Haruki Murakami dice algo similar en De qué hablo cuando hablo de correr. En el caso de Alejandro Basáñez, gran parte de la escritura se delinea también en el deporte.

“Cuando voy subiendo ahí entre las peñas del Cerro del Muerto, de repente me llega la idea. Ya sé qué voy a hacer con este matrimonio que metí hace como tres capítulos, que no sabía qué hacer con ellos. Pensaba eliminarlos, pero no, tienen cabida porque por ahí puede seguir la historia. Así te vas, le sigues, y le sigues, y le sigues”, recalca.

Afincado en el Bajío, se ve a sí mismo en esa dinámica cotidiana, escrituraria y plácida: “Eso es lo importante: estar contento, divertirte y sacar las cosas adelante”, finaliza.

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