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Chalchiuhnenétzin

Autor de las novelas de Ediciones B: México en Llamas;  México Desgarrado; México Cristero; Tiaztlán, el Fin del Imperio Azteca; Ayatli, la rebelión chichimeca; Santa Anna y el México Perdido; Juárez ante la iglesia y el imperio y Kuntur, el Inca de Lectorum.

Nezahualpilli se incorporó con mirada gélida del cómodo sillón donde descansaba, caminó hacia una de las ventanas del palacio y, sin voltear a verme, espetó:

—Chalchiuhnenétzin me engaña, Tiaztlán.

—¿Está seguro de lo que dice, Venerado Orador? —le pregunté, angustiado de pensar en lo que se venía.

Nezahualpilli se acercó a mí y con mirada desquiciada me indicó que lo siguiera. Caminamos por un largo pasillo adornado con frescas flores en altos jarrones, bellamente decorados con grabados de dioses aztecas. Al llegar a un salón en el que nunca había estado antes, el tlatoani acolhua abrió la puerta, quitando un seguro especial que la mantenía cerrada. 

Dos yaoyizques (guerreros) vigilaban desde lejos, como presumiendo al rey de Texcoco que eran muy celosos de su deber y que todo estaba bajo control. Entramos, y la luz del día que ingresaba plena por las ventanas nos dejó ver un salón decorado con más de veinte estatuas de tamaño normal de dioses o guerreros que no conocíamos.

—¿Conoces a estos dioses menores de Tenochtitlán, Tiaztlán? —me preguntó Nezahualpilli, mientras acariciaba la vestimenta de uno de los dioses de piedra.

—A ninguno, señor. A mí no me parecen dioses menores, más bien me parecen estatuas de guerreros mexica y acolhua.

—¡Exacto, Tiaztlán! —me gritó el tlatoani, mientras con un fuerte empujón dejaba caer una de ellas rompiéndose en varios pedazos en el suelo.

La sangre se me fue de la cara al ver que la cabeza que rodaba hacia mis pies era un cráneo auténtico, cubierto en piedra y yeso de manera magistral. En el centro de lo que era el cuello roto se veía claramente un hueco de color rojizo, donde alguna vez estuvo la espina dorsal de algún incauto.

—¿Qué es esto, señor? Parece un cementerio de guerreros.

—¡Es el cementerio de amantes de Chalchiuhnenétzin, Tiaztlán! La hermana de Motecuhzoma es una ahuiani infiel que merece la muerte.

Las palabras de Nezahualpilli me hirieron como dagas, después de conocer por medio de Tzutzumatzin que Motecuhzoma y Chalchiuhnenétzin eran mis medios hermanos, todos hijos del gran Axayácatl.

—Ahora viene lo peor. ¡Sígueme!

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Al abandonar el salón caí de rodillas al ver la estatua de mi amigo Ayatli, gallardamente aguardando el salón de dioses de Chalchiuhnenétzin. El más grande yaoyizque azteca no había sucumbido ante el filo de un macuahuitl o sobre una piedra de sacrificios, sino por el amor de una araña capulina que lo enredó en su terrible y mortal seda.

—¿Lo conociste?

—Sí, señor—Él era Ayatli, el invencible yaoyizque de Ahuizotl.

—Ah, el que peleó y derrotó al guerrero tarasco el día de la consagración del teocalli —comentó el rey acolhua fríamente, para no mostrar más sorpresa o admiración por un difunto que había fornicado con su mujer.

—Sí, el mismo —evité hacer más preguntas o comentarios sobre Ayatli, al ver los ojos encendidos en cólera de Nezahualpilli viajando de estatua en estatua.

Avanzamos rápidamente hacia el otro lado del palacio. Al llegar a la sala especial de esposas menores y concubinas, preguntamos por Chalchiuhnenétzin a una de las mujeres cuidadoras.  

—Está durmiendo en esa cama, gran señor —contestó la celosa cuidadora, que más parecía un hombre gordo que una damisela. A lo lejos, se veía a la esposa del tlatoani recostada de espaldas con un vestido azul cielo, descansando plácidamente detrás de un tenue velo.

Frenético Nezahualpilli, invadiendo una zona prohibida hasta para él mismo, avanzó sin perder un solo segundo hacia la cama. Nos sorprendió a todos sacando su filoso cuchillo, al hundirlo varias veces sobre la espalda de su esposa.

La sorpresa y la confusión explotaron en el salón al ver que el cuerpo herido no era más que una muñeca vestida rellena de maíz con peluca de cabello natural. Abandonando el salón con la mirada encendida en ira, seguí al iracundo tlatoani hacia uno de los salones de los pisos inferiores. 

Llegamos a un salón vigilado por un guerrero del color del zapote, quien se quitó de la puerta con la cara espantada, como si hubiera visto al mismo Tezcatlipoca en persona. Entramos al salón y nos fuimos de espaldas al ver a Chalchiuhnenétzin en pleno acto sexual con tres hombres al mismo tiempo. 

La Muñeca de Jade se encontraba en un incontrolable frenesí, sin prestar atención a nada a su alrededor. Los tres hombres la soltaron y se apartaron aterrados al vernos junto a ellos. Chalchiuhnenétzin, empapada en sudor pasional, con una mirada de un éxtasis interrumpido, miró con desdén y reproche al tlatoani acolhua.

Nezahualpilli sacó de nuevo su cuchillo. En un esfuerzo desesperado por salvar a mi media hermana, le dije:

—¡No, señor!— Estos cuatro deben morir en una ceremonia pública donde quede lavado su honor. Matarlos aquí sólo sembrará la duda y confusión en la Triple Alianza.

Nezahualpilli me miró sorprendido. Meditando mis palabras, apoyó mi sugerencia diciendo:

—Tienes razón, Tiaztlán. De esto se enterará Ahuizotl y su sobrino Motecuhzoma. Chalchiuhnenétzin será ejecutada dentro de tres días en la plaza central junto con estos tekuilones.

Nezahualpilli se acercó a uno de ellos y de un fulminante tajo le cercenó por completo el tumefacto pene que buscaba recobrar su tamaño normal. El yaoyizque cayó de rodillas junto a su pene ensangrentado en un agónico shock de dolor. 

El guerrero color zapote, quien se suponía debía cuidar el acceso a las habitaciones de la princesa,  parecía querer correr hacia la ventana y saltar para salvar su vida ante la furia desbordada del tlatoani.

Nezahualpilli caminó hacia Chalchiuhnenétzin, quien erguida y desnuda lo miraba retadora, presumiendo su cuerpo desnudo y hermoso como el de toda una princesa azteca.

—Te mereces esto y más, viejo tepolmiautili (impotente).

Chalchiuhnenétzin cayó al suelo al recibir una violenta cachetada por parte del tlatoani. Los otros guardias de Nezahualpilli, que acababan de llegar, sólo esperaban sus órdenes. 

—Encierrenlos en un salón especial, que pasado mañana serán ejecutados.

—¡Tiaztlán! —Volteé sorprendido, esperando su orden—. Escribe un mensaje para Ahuizotl y Motecuhzoma, explicándoles lo que pasó aquí con su adúltera princesa mexica; y que se les requiere pasado mañana a medio día en el palacio para la  ejecución pública, junto con los tres hombres con quien se le sorprendió en pleno acto. Todos los involucrados, quienes la apoyaron en tamaña infamia, correrán la misma suerte. 

El guardia color zapote palideció de terror al escuchar la sentencia.

—Enseguida lo preparo, señor —le contesté, confundido y consternado de imaginar lo que implicaría un mensaje así para el gran Orador Ahuizotl, soberano de Tenochtitlan y tío de la condenada a muerte. 

Días después, la morbosa ejecución se llevó a cabo, desatando la furia, la impotencia y el odio en Moctezuma Xocoyotzin, futuro noveno tlatoani de Tenochtitlan, quien buscaría, a toda costa, vengarse del Chichimecateucutli de Texcoco hasta el fin de sus días.

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