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El albarradón de Nezahualcóyotl

La tormenta no amainó en toda la noche. Fueron siete horas continúas de violenta precipitación, en las que Tláloc vació toda su furia sobre el Valle de México, en aquel verano de 1446.  

El desastre hablaba por sí mismo. Miles de muertos y desaparecidos. Todas las zonas bajas de la isla cubiertas bajo el agua. La zona chinampera del sur desaparecida por completo. Tenochtitlán había sufrido un golpe terrible, del que tardaría años en recuperarse. La isla estaba herida de muerte. Les tomaría años a Moctezuma Ilhuicamina y a Cuauhtlatoa (rey de Tlatelolco) ponerla en pie de nuevo.

—No podemos permitir que esto ocurra otra vez, “Lobo”. Tenochtitlán no puede soportar otra inundación como esta —le dijo Moctezuma Ilhuicamina a Nezahualcóyotl, los tlatoque de pie sobre la cima del peñón de Tepepolco. 

La reunión de los monarcas del Anáhuac obedecía a la urgente necesidad de buscar una solución a las constantes inundaciones que provocaba la crecida del Lago de Texcoco.

Las dotes ingenieriles de Nezahualcóyotl habían quedado más que demostradas con la construcción del acueducto entre Chapultepec y Tenochtitlán, así como la construcción de baños y pozas, tanto en Texcoco como en Chapultepec. Gracias al “Coyote hambriento”, los tlatoque disfrutaban de abundante agua en sus confortables casas de descanso entre la espesura de bosques y cielos azules.

—Ilhuicamina, no encuentro otra solución sino separar las aguas de Tenochtitlán de las de Texcoco. Las aguas que vienen de las montañas de Texcoco, Zumpango y Cuautitlán son determinantes en la crecida del lago, eso sin contar los muchos ríos que alimentan a Azcapotzalco, Chapultepec y Coyoacán.

—¿Hablas de construir una muralla?

—Así es. Solo construyendo un albarradón desde Iztapalapa a Tenayuca podremos hablar de separar realmente las aguas. Las aguas saladas de Texcoco dejarían de mezclarse con las dulces de Tenochtitlán. Controlaríamos mejor el flujo con espaciados portones para prevenir nuevas inundaciones.

—Es una distancia enorme, “Lobo”. Una obra que solo tú puedes llevar a cabo, y por eso necesito que empieces ya.

—Necesitaré cientos de hombres. Consíguelos de donde puedas; también miles de troncos, piedras, tezontle y arena, tanto en Atzacoalco como en Iztapalapa, los dos puntos donde comenzaremos la obra, que se unirán en el centro del lago, a la altura del peñón de Tepetzinco.

Moctezuma respiró hondo. Clavó su mirada de águila en las lejanas montañas de la sierra de Tenayuca. Por segundos, imaginó al monumental albarradón en pleno funcionamiento, una gigantesca serpiente de roca perdiéndose en la distancia: Tenochtitlán, por fin, fuera del peligro de la ira de Tláloc, con sus muelles rebosantes de trajineras y chinampas.

Confiaba ciegamente en el talento de aquel hombre, que se decía capaz de conducir agua de lugares lejanos para depositarla, como un animal domesticado, en cientos de fuentes, tinas y pozas.

Nezahualcóyotl sorprendía al mundo con sus dotes de arquitecto, poeta e ingeniero. Su fuerza guerrera y marcial había quedado más que demostrada en la conquista de Azcapotzalco. Ahora se luciría en proezas ingenieriles que darían de qué hablar por siglos.

—Dame un mes para juntar los materiales. Conseguir hombres será lo más complicado. Tengo mucha gente trabajando en la ampliación del teocali. Atender los caprichos de los dioses es la prioridad.

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—Paga a algunos y obliga a los señoríos sometidos a que te proporcionen gente. El no hacerlo voluntariamente nos obligará a utilizar esclavos. 

—¿Mandarás gente de Texcoco?

—Sí, Moctezuma. A ellos tendrás que pagarles, y darles un alojamiento digno, mientras dure la obra.

—No se diga más y empecemos ya. Finalicemos este encuentro cazando conejos.

—¡Adelante! Te demostraré que soy el mejor.

—Eso está por verse, “Lobo” engreído. Si puedo flechar al cielo, un conejo es cosa de risa.

Los monarcas iniciaron la caminata en busca de su presa. Detrás de ellos lucía imponente Tenochtitlán, como una pequeña maqueta sobre un espejo de agua. El templo mayor semejaba un montículo de hormigas. El ensanchamiento de la pirámide comenzaba a tomar forma. Las zonas sur y oriental de la isla se veían invadidas por el agua, aún ahí, como si esa ribera nunca hubiera existido: un incómodo intruso, un monstruo amorfo y transparente, invadiendo casas y templos, sin respeto alguno. Tomaría tiempo recuperar el tamaño normal que la isla tenía antes de la inundación.

El avance en la construcción del albarradón de Nezahualcóyotl era cosa notable. En menos de dos años, los caminos opuestos de la barrera pedregosa, estaban a un kilómetro de encontrarse, justo frente al peñón de Tepetzinco, al oriente de la culebra de piedras.

La vista desde el albarradón era impresionante. Al poniente, el extenso lago entre el sur de Tenochtitlan y la península de Iztapalapa, con la isla resurgiendo con sus chinampas, templos y casas de adobe.

En el centro, el enorme teocali orientado al oeste, en plena ampliación con cientos de trabajadores sobre sus costados y cima. Al oriente, como un enorme mar, el lago situado hasta la franja verdusca de los cerros de Texcoco. Hacia el norte una minúscula saliente de piedras y arena, con personas encima, como hormigas sobre una rama, acercándose poco a poco al encuentro de la otra orilla. Miles de aves acuáticas y trajineras por doquier engalanaban el paisaje.

La construcción seguía un camino curvado con una anchura de quince metros, bordeada con gruesos troncos traídos de los bosques cercanos al lago. El camino, en busca de un fondo sólido, era rellenado con arena, tezontle y piedras, traídos sobre las espaldas de miles de peones, quienes depositaban los materiales al principio de los caminos por encontrarse. De ahí, poco a poco, iba sobresaliendo del agua, como si fuera un áspide de roca.

Andar sobre el albarradón ya cimentado, ganando poco a poco terreno al agua, era algo festejable para todos los participantes en la obra.    

El hecho de que los peones pudieran comentar con sus familias que habían visto al mismísimo Moctezuma o a Cuauhtlatoa cargar piedras sobre la espalda, o a Nezahualcóyotl y Totoquihuatzin aplanar el terreno, era algo que los llenaba de orgullo. Después de todo, esta impresionante obra era para el beneficio de todos los habitantes de Tenochtitlán y los señoríos ribereños.

Por: Alejandro Basáñez Loyola

Autor de las novelas de Ediciones B: México en Llamas;  México Desgarrado; México Cristero; Tiaztlán, el Fin del Imperio Azteca; Ayatli, la rebelión chichimeca; Santa Anna y el México Perdido; Juárez ante la iglesia y el imperio y Kuntur, el Inca de Lectorum.

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