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Iturbide renuncia a la corona

Por: Alejandro Basáñez Loyola

Iturbide y Ana María descansan en una de las terrazas interiores del palacete de Plateros. Las noticias son adversas para los emperadores de México. El rostro de Agustín denota una terrible depresión y decaimiento.

Sus únicas salidas de los últimos días han sido para ir a la Catedral a misa. El emperador parece haber dejado el destino de su imperio en manos de Dios. De aquella energía desbordante del Dragón de Hierro que venció a Morelos y abrazó a Guerrero en Acatempan no queda nada. Ha dejado la suerte de su imperio en manos de su compadre Echávarri y Armijo.

—El fastidioso de Santa Anna se niega a claudicar en Veracruz a pesar de no ganar una sola batalla. El levantamiento de Guadalupe Victoria se ha extendido hasta Oaxaca. Vicente Guerrero, al que Armijo declaró muerto en Almolonga, resulta que ha resucitado. Estoy rodeado de puros ineptos, Ana —comenta Iturbide, recargado con las caderas en la barandilla de la terraza. En su mano derecha sostiene una copa de coñac. El alcohol ha sido un buen aliado en los últimos días.

—Sal al campo de batalla a enfrentarlos tú mismo, amor. Recuerda tus viejos tiempos, que no lo son tanto, ya que son de apenas unos años atrás. Monta de nuevo al brioso Sansón y ve a fusilar a esos insensatos. Tú eres el emperador de México —lo anima su esposa, con abanico en mano y una copita de vermut.

—Confío plenamente en Echávarri para vencer a ese infeliz de Santa Anna. Sé que es cosa de días para que me traiga su cabeza.

 —Si quieres hacer un trabajo bien, tienes que hacerlo tú mismo. No puedes poner el destino de nuestro imperio en manos de un hombre que sabemos te envidia. Sólo Dios sabe si ya se ha vendido a los republicanos.

—Podría hacerlo, Ana, pero, ¿qué tanto vale la pena conservar mi imperio manchando mi espada, si se supone que me aman y me idolatran? Conseguí la independencia de este país sin regar sangre de mis hermanos, ¿debo hacerlo ahora para conservarme en el poder si no me quieren? ¿No que todo mundo quería un emperador?  

—El Imperio es un reflejo de tu persona, Agustín. Si eres débil, tu reino lo es.

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—No me perdonan haber disuelto el Congreso. No entienden que era necesario incrementar los impuestos con un agresivo plan fiscal. ¿Acaso no comprenden que sin dinero no hay gobierno y este comenzó quebrado? No hay dinero para nada. Les debo dinero a amigos, y eso no lo saben. Mi reino es de cartoncillo y yo soy un emperador de azúcar. Al día de hoy ningún país o reino nos ha reconocido como imperio, ¿acaso no sabes leer entre líneas, mujer? Esto comenzó mal y no hay modo de enderezar la nave. Nos vamos a pique y estoy a punto de brincar al agua para salvar nuestras vidas.

Agustín bebe un largo trago de coñac como si la bebida fuera a remediar las cosas.

—¡Basta, Agustín! Dame esa copa y corre al Real Palacio a afrontar tus problemas como un emperador. Haz tu trabajo o no dudo que Victoria o Santa Anna terminen haciéndolo por ti.

—¡Cállate que tú no sabes nada! ¡Me aburres, mujer!

Ana María se levanta furiosa y azota su copa contra la pared haciéndola añicos. Iturbide la mira desconcertado.

—Anda emperadorcito de azúcar, corre a ver a tu querida de los rizos de oro. A lo mejor ella te arregla tus problemas.

Iturbide abandona la terraza, hecho un energúmeno, y destroza la botella contra uno de los muros. Ana se queda a solas y las lágrimas brotan de sus bellos ojos. Presiente que el fin está cerca.

Iturbide se encuentra en su despacho. Siente un gran remordimiento por haber ofendido a su esposa el día anterior. Sabe que el alcohol y la tensión lo ponen mal. Escribir misivas hacia sus aliados lo relaja un poco. La falta de resultados de su compadre Echávarri es lo que más lo abruma; era para que ya Santa Anna estuviera en grillos camino a México.

Gritos en la puerta lo desconcentran. Corre hacia el pasillo para encontrarse con un mensajero de Veracruz que parece traer noticias importantes.

—¿Qué pasa? ¿Por qué tanto escándalo?

—Señor emperador, Santa Anna acaba de firmar el “Plan de Casa Mata”, en Nuevo Santander. Él, junto con Guadalupe Victoria, Nicolás Bravo y Vicente Guerrero lo desconocen como emperador.

El rostro de Iturbide se descompone en furia. Detrás de él, su padre y esposa temen que se desvanezca. Jalando aire de nuevo, como un toro en el ruedo, se recarga contra una de las columnas del palacete de Plateros para responder:

—¡Nada nuevo! Es el mismo fracasado “Plan de Veracruz” con otro pomposo nombre. Echávarri no tarda en capturar a ese mequetrefe de Santa Anna para terminar con esta pesadilla.

—Con el debido respeto, su excelencia, su general Echávarri, junto con Luis Cortázar y José María Lobato han firmado también. Exigen una república en vez de una monarquía.

El piso y el techo dan vueltas como un tiovivo sobre Iturbide. Todo se vuelve borroso y su excelencia cae al piso desmayado. El mensajero se siente culpable. La familia corre por agua y alcohol para intentar revivir al emperador.

Minutos después, Iturbide se encuentra de vuelta, apoltronado en un cómodo sofá de su despacho. El vermut lo ha devuelto a la vida. Frente a él se encuentra don José Joaquín, su amado padre.

—¿Qué me aconseja hacer, padre? Todo parece haberse ido a la mierda.

Ana María se para junto a él y le masajea los hombros con mirada de aflicción. La salud de su marido le preocupa mucho.

—Restaura el Congreso y vuélvete a ganar la confianza de los diputados. Ellos son los únicos que te pueden salvar, hijo.

—¿No creen que me tomen como un emperador débil e indeciso? Después de todo lo que les dije, no sé cómo lo tomen.

—Eso a ti ya no te importa, amor. Restaura el Congreso y salva tu reino —comenta Ana María, apoyando el sabio consejo de su suegro.

—¡Traedme papel y tinta, Ana! Demos un giro a esto. Espero no sea demasiado tarde.

Por: Alejandro Basáñez Loyola

Autor de las novelas de Ediciones B: México en Llamas;  México Desgarrado; México Cristero; Tiaztlán, el Fin del Imperio Azteca; Ayatli, la rebelión chichimeca; Santa Anna y el México Perdido; Juárez ante la iglesia y el imperio y Kuntur, el Inca de Lectorum.

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