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Los Serdán inician la revolución

El coronel Cabrera era un hombre de casi 60 años, de cabello canoso y un grueso bigote blanco con las puntas enceradas. Implacablemente uniformado y acompañado de un grupo de soldados, con gran energía tocó a la puerta.

—Abran, que tenemos una orden de arraigo —repitió dos veces mientras golpeaba con el puño la casa de los Serdán.

La puerta se abrió de par en par dejando entrar al coronel, seguido por Vicente Murrieta.

—Tenemos una orden de arraigo para revisar la casa en busca de armas —dijo Vicente Murrieta, gritando a la atemorizada mujer que había abierto.

—Sí, pasen —contestó tímidamente la señora, mientras era ayudada por un rebelde a abrir el pesado portón.

El coronel Cabrera y Vicente Murrieta no habían llegado ni a la mitad del patio, cuando fueron recibidos por una sorpresiva descarga de fusilería. Cayeron heridos de muerte en el sitio, mientras que uno de sus compañeros se escondía junto a una columna gritando que se rendía. Los otros hombres huyeron para buscar refuerzos ante el sorpresivo ataque.

De las columnas salieron los rebeldes para buscar al hombre escondido y acabar con él.

—Soy Arturo. ¡No disparen!

Los rebeldes saludaron amigablemente al que claramente se delataba como su cómplice.

—¿Cuántos más vienen? —preguntó Aquiles con el rifle en la mano.

—No lo sé, Aquiles, pero es un hecho que van a regresar con más hombres. ¡Saquen todas las armas e inviten al pueblo a que se nos una! ¡Solos no vamos a poder!

Carmen Serdán miró a los compañeros y les ordenó:

—Suban a la azotea y griten a todos los que vean que nos están atacando, que se nos unan con cualquier arma. Que venga mucha gente y vea lo que nos quieren hacer los puercos del gobierno. ¡Vamos!

En unos minutos estaban estratégicamente colocados en la azotea. Desde ahí, gritaron a los curiosos que rodeaban la casa que se unieran al esfuerzo libertador. La poca gente que había cerca no quería participar por temor a la implacable represalia del ejército y la policía.

Por la parte frontal de la casa, llegaron más de treinta soldados del batallón Zaragoza. Sin titubeo alguno, los rebeldes abrieron fuego desde la azotea para evitar que entraran.

—No dejen que alcancen la puerta. Manténganlos a raya —dijo Máximo Serdán a los que disparaban hacia la calle de Santa Clara. 

Otro importante número de soldados del batallón Zaragoza intentó acercarse a la casa por las azoteas vecinas, mientras que los soldados del primer regimiento de caballería se encargaban de ocupar la torre y parte alta del templo de San Cristóbal. Ubicada en un lugar más alto, esta permitía ver perfectamente todo lo que ocurría en las azoteas de las casas aledañas a la de los Serdán.

Máximo, Aquiles, Carmen y Epigmenio disparaban hacia los soldados que se acercaban por las azoteas vecinas.

—Son demasiados, Aquiles, terminarán por matarnos a todos —gritó Máximo, mientras repelía a los gendarmes cada vez más próximos.

—Desde aquí podemos frenar a los que nos llegan por la azotea. La cuestión es cómo le vamos a hacer si nos empiezan a disparar desde la cúpula de la iglesia.

Así duraron incontables minutos hasta que el temor de Aquiles se hizo realidad: las gallinas corrían espantadas ante las descargas de fusilería que se arremolinaban desde el templo.

—¡No se rindan! Hay que morir peleando —gritó heroicamente Carmen Serdán, que parecía irreconocible ante la amenaza de las balas enemigas, hasta que una de estas le hirió la espalda y la hizo caer. Epigmenio se dio cuenta; rápido como pudo y exponiendo su vida, logró bajarla por la amplia escalera.

Aquiles dejó de disparar y fue a asistir a su hermana. En la azotea, todos los familiares de Aquiles, hasta su esposa y su madre, continuaron peleando por varios minutos.

—Nos van a matar a todos —previno Epigmenio García al ver que el número de soldados y policías casi llegaba a trescientos entre calle, azoteas y el templo vecino.

La defensa contra los invasores se frenó por largos minutos, hasta que, de nuevo, desde el templo de San Cristóbal arreció una verdadera lluvia de plomo que mató a varios rebeldes, entre ellos a Máximo Serdán y Justo Nieto. La rendición fue inevitable y el resto de los soldados entró por la puerta principal de la casa.

Antes de su inminente llegada, Aquiles corrió a su recámara y abrió una puerta secreta en el piso. Se escondió ahí para evitar ser detenido por la iracunda soldadesca.

—¡Ahora sí ya se los cargó la chingada a todos! —gritaba uno de los militares, mientras a culatazos y patadas sometían a los rebeldes, que exhaustos ante la desigual pelea se entregaban a las hienas del ejército.

—Busquen a Aquiles, que debe estar por la casa —gritaba uno de los jefes a los soldados, quienes destrozaban los muebles de la casa en busca del líder de los rebeldes.

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Los soldados se cansaron de registrar y destrozar todos los rincones sin encontrarlo.

—¿Dónde está su jefe? —preguntó uno de los soldados dando un brutal golpe a un rebelde.

—¡Déjelo en paz! Nadie sabe dónde está mi hijo —dijo la madre de Aquiles, imponiéndose con su presencia a los militares.

—¡Llévense a todos detenidos!  —dijo el militar sin respetar a nadie.

A empujones fueron sacados de la casa todos los correligionarios de Aquiles Serdán con destino a la cárcel de la Merced. Por órdenes especiales, y por la herida de bala en su espalda, Carmen Serdán y los otros heridos fueron atendidos en el hospital municipal de San Pedro en Puebla.

La casa de los Serdán quedó resguardada por el teniente Porfirio Pérez. En la soledad del inmueble, el teniente fumaba mientras esculcaba las pertenencias de los Serdán. Por momentos juraba que escuchaba ruidos, pero no podía precisar exactamente de dónde provenían. 

“Malditos fantasmas”, se decía mientras fumaba pacientemente uno de sus cigarrillos.

Quince horas después de estar encerrado en su escondite, Aquiles decidió salir y buscar evadirse de la casa. Mayúscula fue su sorpresa al abrir la puerta falsa, sacar medio cuerpo con una pistola empuñada en su mano derecha y ver aparecer al teniente Pérez frente a su cara. 

—¡Yo soy Aquiles Serdán!

—¡Pues a usted lo buscábamos! —respondió el teniente y disparó a quemarropa sobre la frente calva del primer mártir de la Revolución Mexicana.

“Siempre me han dado miedo los fantasmas”, se dijo satisfecho al ver el rostro sin vida del mártir de Santa Clara.

Aquiles fue arrastrado sin vida hacia la calle. Entre escombros, sangre y desorden yacía inerte el primer mártir de la Revolución Mexicana, quien creyó en las palabras del apóstol de la nación, don Francisco I. Madero, en San Antonio, Texas, al mandarlo de vuelta a Puebla a iniciar el levantamiento armado del 20 de noviembre de 1910. 

El cuerpo de Aquiles y el de su hermano Máximo fueron morbosamente expuestos al público en el patio de la comisaría de Puebla para escarmiento de futuros rebeldes.

En una destartalada camilla de fierro, con un saco negro cubierto de polvo y yeso, la cabeza descansando grotescamente sobre dos ladrillos bajo un delgado arco metálico ribeteado, yacía a todo lo largo el cuerpo del mártir de Puebla.

El impacto de la bala que le sesgó la vida se veía en la parte derecha de la frente. Con dos hilillos de sangre seca en boca y frente, el inmolado no volvería más a pelear por la democracia; sin embargo, serviría como detonador para sitiar a todo el país en un fuego libertario que tardaría más de una década en extinguirse. Aquiles sería la primera de miles de víctimas, que con su sangre fertilizaron el jardín de la democracia del México del siglo XX.

Por Alejadro Basáñez Loyola

Alejandro Basáñez Loyola, autor de las novelas de Penguin Random House: “México en Llamas”;  “México Desgarrado”;  “México Cristero”; “Tiaztlán, el Fin del Imperio Azteca”; “Ayatli, la rebelión chichimeca” y “Santa Anna y el México Perdido”; y de Lectorum: “Juárez ante la iglesia y el imperio”;  “Kuntur el inca”  y “Vientos de libertad”. Facebook @alejandrobasanezloyola

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