En la temporada MX Sin Fronteras de ReWine, la ruta del vino vuelve a cruzar el Atlántico. Esta vez, la historia es la de un enólogo que hizo del Valle de Guadalupe su laboratorio y de México, su casa. Luis Peciña, nacido en Laguardia, Álava, formado en viticultura y enología en La Rioja, llegó primero como vendimiador invitado y terminó como una pieza que empuja la profesionalización de la industria: de Santos Brujos a consultorías en Sonora y Baja California, y hoy al frente de Ardoa Equipos y Servicios Vitivinícolas, una empresa que provee insumos y tecnología “de la planta a la copa”.
De La Rioja a México: una decisión con vendimia de por medio
Laguardia guarda el origen: familia trabajadora, carnicería, viñas en casa y fines de semana entre hileras. Peciña empezó joven en bodegas como Muriel y Remírez de Ganuza, estudió enología de noche y siguió creciendo en Pujanza. México apareció primero como un paréntesis:
“Se abrió la oportunidad de venir a unas vendimias a Santos Brujos… mi primera vendimia fue en 2014”. Dos años después, el plan temporal se volvió vida. “Vine con el compromiso de estar dos años en exclusiva… vi muy interesante salir a vender, defender lo que haces”.
Nuevo Mundo: el lienzo en blanco
Si La Rioja es un mapa reglado, Baja California fue un campo abierto.
“Aquí no hay reglas… es un lienzo en blanco, haz lo que creas mejor para hacer mejores vinos”.
Lo que algunos llamarían carencia, Peciña lo leyó como oportunidad: replantear marcos de plantación, sistemas de conducción, adaptación fina al sitio. De ese espíritu nace Tres Bolillos: alta densidad (10 mil plantas/ha) para modificar microclima y forzar a la cepa a concentrar lo esencial. “Misma uva, otra maduración… resultados que se ven en la copa”.
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Biodinámica, sin misticismos
Santos Brujos ya practicaba biodinámica cuando él llegó. Peciña la abordó con método. “La idea de crear un ecosistema —lo que la biodinámica llama ‘granja’— solo busca salud”. En campo, menos químicos; en bodega, fermentaciones limpias y “aburridas” por la ausencia de sustos: sin reducciones, sin paradas. El discurso vende, admite, pero la botella se sostiene sola: “Para hacer buen vino necesitamos buena uva. Lo demás es no estropearla”.
De consultor a impulsor: nace Ardoa
La realidad operativa del país encendió otra veta. “Quería barricas, tanques… y todo era complejo y caro”. Ardoa surge para acortar esa brecha: importar planta, inox, barricas, corchos, cápsulas; representar 21 marcas; montar una bodega “de cero a cien” y sumar servicios de logística y un laboratorio analítico.
“La analogía o la cata dicen mucho, pero respáldalo con análisis: como ir al médico”. Ardoa opera desde Baja California y atiende proyectos en todo México: la meta es simple y exigente, “más calidad a igual o menor precio”.
Cristina Pino en el episodio anterior
México 2025: crisis y oportunidad
La lectura es franca. “Hoy hacemos los mejores vinos… y a la vez vivimos la crisis más importante del sector”. Tras un boom de nueve años, llega el ‘reset’: profesionalización, foco en la viña, comprensión del volumen real en el mapa global y competencia externa con precios agresivos.
Aun así, el horizonte es claro: “Vamos a lograr tener proyectos y marcas muy arriba; estamos en el país correcto. Toca generar cultura para que el vino deje de ser extraordinario y sea cotidiano”.
Orgullo y embajadores
Hay un intangible que Peciña rescata del carácter local: “El mexicano tiene orgullo de lo suyo y es un gran embajador”. De restaurantes que antes compraban “por ser mexicano” a comunidades en Suiza o Londres que llevan vino nacional en la maleta, el avance es paciente, “trabajo de hormiga”, pero constante.
Una costumbre adoptada
También hay detalles que se vuelven hogar. “Que los restaurantes no tengan horario… te sientas a las cinco y está perfecto”. Una anécdota que pinta de cotidiano el tránsito entre dos mundos y confirma la pertenencia.
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La botella Luis
Si hoy abriera una botella especial, lo tiene claro: “Las descorcho con mi mujer. Sigamos disfrutándolas”.
Una elección simple y luminosa para cerrar la etapa: la de quien entendió a México en la viña, en la bodega y en la mesa, y que apuesta por un futuro con raíces más hondas, métricas más finas y vinos que cuenten —en silencio— el lugar del que nacen.











